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La turismofobia es una forma de xenofobia

refugeesLa turismofobia no es un fenómeno nuevo. Ya hace muchos años que en ciudades como Barcelona se asiste con preocupación a los problemas de convivencia que genera el turismo descontrolado. Ruidos, suciedad, borracheras, botellones, peleas, alquileres desorbitados que obligan a salir a los ancianos inquilinos de toda la vida de sus viviendas… Puntos como Lloret de Mar, Salou, por citar algunos ejemplos, hacen reflexionar sobre los límites y la tolerancia. Pero cuando esas molestias las genera el “de la terreta” parece que no lo son tanto. Claro. El problema es el clásico “de fora vindran“. Entonces sí que molesta, claro.

Pero una cosa es plantear la necesidad de poner medidas para evitar la masificación o las molestias que esta genera, que pueden plantearse desde el ámbito institucional o, la propia iniciativa privada, y otra el acoso y la realización de actos violentos contra quienes nos visitan, algo, en mi opinión totalmente intolerable. Y lo curioso es que muchos de quienes defienden, ven con simpatía o no condenan estos ataques, abrazan sin ambajes la pancarta del “refugees welcome”, sin pararse a pensar que la turismofobia es una forma de xenofobia , aunque en este caso, contra el turista, el que viene de fuera.

¿Qué les parecería a ustedes irse de viaje a Italia y que les pusieran pegatinas en el coche diciéndoles que no son bienvenidos, o que estuvieran tranquilamente en una playa de Francia y que se pusieran delante de ustedes haciendo una cadena humana invitándoles a marcharse? Sinceramente, yo no tendría ganas de volver…

Y sí, en nuestras playas, puede que haya malestar porque antes de que esté amaneciendo ya esté bajando gente con la sombrilla a ocupar el sitio en la primera fila, o porque en nuestro bar favorito nos cueste un poco más conseguir que nos atiendan que en invierno… Pero ¿se han parado a pensar cuántas personas tienen empleo gracias a esas personas que nos visitan? Y no solo hablo del personal de la hostelería, me refiero también a los fontaneros, empresas de mantenimiento, repartidores, panaderos, policías, socorristas, lavanderías… y un largo etcétera, porque es un fenómeno multiplicador.

Claro, eso no quiere decir que no se puedan plantear medidas, desde la serenidad, acerca de qué modelo turístico queremos. ¿Han de ser más estrictas las autoridades con los horarios de cierre, con los niveles de decibelios, se ha de perseguir más el consumo de alcohol en vía pública? ¿Y la oferta hotelera? ¿Han de subir precios los hoteles y huir de ofertas reclamo para turistas de borrachera? ¿Se ha de poner una tasa a los apartamentos en alquiler ? Todas estas son cuestiones que darían para llenar líneas y líneas. Pero todas tienen efectos sobre la actividad y nos afectarán como ciudadanos, por lo que merecen un debate sosegado y no guiado por la urgencia del momento.