El Barça de Guardiola y la Selección española se han identificado como el modelo ideal del buen fútbol. Y es evidente que el honorífico título de garantes del espectáculo se lo han ganado con justicia. Pero existen otras formas de jugar bien a este deporte acuñando un estilo diferente a la Biblia del Barça. Como el gusto es una cuestión que atiende a criterios subjetivos, existe también mucha gente a la que el movimiento cansino del balón le aburre y prefiere otro estilo. Posiblemente el fútbol también atiende a las modas, como el vestir, la cultura o los hábitos de la sociedad o la política. A mi particularmente me entusiasma el fútbol de la Premier League por su dinamismo y verticalidad, igual que también he disfrutado con el fútbol de Francia en su momento, España o el Barça o otras corrientes. No existe una patente del jogo bonito.
El Villarreal de Pellegrini también forma parte del museo de mis recuerdos del buen fútbol. Durante un lustro, el Madrigal ha disfrutado con un juego de alta escuela, acuñado por una ideología futbolística muy marcada y un estilo propio que distinguía a la marca Villarreal. El gran error, posiblemente, ha sido querer mantener al pie de la letra esa filosofía, cuando Pellegrini ya no era el entrenador y, lo más importante, no se contaba con los jugadores adecuados para ello. Valverde percibió que había que cambiar, pero tuvo que luchar contra enemigos que estaban en su propia casa. Después se ha ido dando tumbos en la idea de conservar el santo grial del pellegrinismo, en ausencia del gurú de la corriente. Y después de intentos baldíos y experimentos fracasados como el de Velázquez, llegó Marcelino. Por fin un entrenador con las ideas claras, apegado al suelo de la realidad y, lo más importante, al que han dejado ejectuar su idea. El éxito de Marcelino es que ha logrado tunear al Villarreal. Este equipo juega muy bien al fútbol pero de una manera diferente. Explota el fútbol por las bandas, con una transición más rápida, pero también toca el balón con criterio cuando es necesario. Presiona, muerde y compite como en las mejores épocas de Pellegrini, pero de forma diferente. Jugar el balón desde el área pequeña ya no es una obligación. Ha vuelto el rigor táctico y se ha recuperado la figura del futbolista líder que ahora asume Farinós. Hasta se cuenta con una estrella: Javier Aquino. Reconozco que tenía mis dudas con el mexicano. No lo había visto, pero me describían un perfil que me recordaba a Jefferson Montero, Matías Fernández o la cara de Míster Hyde de Hernán. No se parece en nada. Trabaja en defensa como el primero, asocia bien con sus compañeros, hace kilómetros y kilómetros, y es letal en el uno contra uno y su endiablada rapidez. Apunta maneras de crack.
A mi este Villarreal me ha vuelto a enganchar con partidazos como el de Guadalajara, Hércules, Córdoba o ayer ante el Sporting. Les decía hace unas semanas que el Villarreal volvía a ser el Villarreal, ahora espero que el Madrigal vuelva a ser el Madrigal con un mejor color en sus gradas. El Volveremos es cosa de todos.
MI HOMENAJE AL BUITRE. Una fastidiosa neumonía me impidió estar en la despedida de mi estimado Ernesto Bonet, el Buitre. Seguro que él lo entenderá. Echaré de menos su bombo y sus visitas a Mediterráneo para llevarme sus modestos, pero a la vez cariñosos regalos que guardo en mi cajón. Aún recuerdo su pesar por no poder estar en Castalia animando a su Castellón por una diferencia de criterios con la directiva de turno. Siempre le decía lo mismo: El Castellón está por encima de todos. Le convencí y regresó a Castalia. El silencio de su bombo será demasiado ruidoso para mí. Espero que David Cruz tenga la feliz idea de dedicarle la puerta de uno de los goles del estadio Castalia al Buitre. Mi más sentido pésame a su hijo Ernesto y a la familia. Hasta luego, Buitre. PPO.