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Política y deportes, malos amigos

Llevo ya unos cuantos años acudiendo fielmente cada lunes a esta columna. A veces con más fortuna, otras con menos. Es solo un espacio de opinión en el que ni pretendo gustar a todo el mundo ni, por supuesto, tampoco disgustar a nadie. Hay veces en las que he recibido felicitaciones y, por contra, también he visto como otras personas me retiraban el saludo por no compartir mis ideas, porque mucha gente se agarra al pensamiento único como autoteoría de la verdad, bueno, de la suya, porque el término de razón absoluta no existe. Siempre he intentado caminar en línea recta, con lo que tropiezas con gente y luego vuelves a encontrarte con ella, porque hacer periodismo implica que mucha gente escuche cosas que no quiere oír. Y también siempre esquivé mezclar política con deporte, además de procurar no unirlo nunca a la violencia, ya sea verbal o de cualquier tipo.

En este país vivimos tiempos de politización extrema. Es difícil opinar libremente sin caer en el riesgo de ser odiado por un 50% de los que te escuchan y no están de acuerdo con tus ideas.

Los deportistas, cada vez más y ayudados por unas redes sociales que les permiten llegar a cualquier rincón del plante en apenas unos instantes, son cotizados influencers para los políticos que aspiran a sumar votos sin escrúpulos. Ellos son el espejo para muchos niños y forman parte de la idolatría de adultos de todas las nacionalidades, razas, edades, religiones, tendencias políticas y de condiciones intelectuales y económicas variopintas. Igual que los clubs de cualquier modalidad deportiva. Igual de válida es la opinión de Gerard Piqué que la de Rafa Nadal, y no caeré en el intolerante error de escrutar sus pensamientos, pero sí me permitiré la licencia de valorar que ellos, por la enorme repercusión que alcanzan sus manifestaciones, deberían saber calibrar con inteligencia que representan valores que unen a millones de personas, todas ellas con ideas políticas o religiosas diferentes, por no hablar de otros matices diferenciadores de la condición humana que también generan diferentes posturas en un mundo en el que se opina de todo, hasta del que opina. Si lo he vivido personalmente con estas modestas opiniones, que solo me representan a mí, observando como compañeros construían sus tesis del no a las mías en lugar de argumentar las suyas propias, ¿cómo no van a generar controversia las reflexiones de los influencers deportistas?

El deporte no ha podido o no ha sabido aislarse de esta politización extrema que invade España en los últimos tiempos. Un clima de crispación radical que ha fracturado a la sociedad y que incluso divide a familias y a amigos, como se ha podido comprobar en las últimas semanas en su versión más cruda con el asunto del referéndum catalán. La política mal entendida y pésimamente desarrollada nos ha llevado en las últimas horas a escenas de violencia que hieren la sensibilidad.

El encuentro de Liga de ayer entre el Barcelona y la UD Las Palmas fue un claro ejemplo. Un partido sin público que estuvo a punto de no disputarse por temas ajenos al deporte. ¿Por qué se empeñan en politizar el deporte? No podemos mezclar las ideas con los valores, porque los colores deportivos no entienden de política. Necesitamos más política de tolerancia, más diálogo y más respeto. Es solo mi opinión. Nada más que eso. Cada uno que la interprete como quiera.